Sancho I de León

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Sancho I el Gordo
Sancho I el Gordo.jpg
Los faldamentos sueltos siempre hacen parecer más delgado.
Banderaleon.png
Rey de León
Reinado o lo que sea Puso mucho empeño en recuperar la corona, pero una vez allí... en fin, un desastre.
Predecesor Sucesor
Ordoño III, que tiene buena rima
primero Ordoño IV para seguir la rima, y luego ya su hijo, Ramiro III el Cretino.
Personal
Nombre de verdad Sancho sin más, lo de el Gordo era para humillarle nada más
Nacimiento Defunción León
León también
Casa Irreal Astur-leonesa, como los quesos que gustaba tanto comer
Estado actual Ahora está delgadito.
Familia Era hijo de Ramiro II de León, un padre violento y que le dio una educación lamentable. Su madre era una Urraca.
Relaciones Siempre se ponía debajo, por motivos obvios.
Enemigos La comida basura era su peor enemigo.


Sancho I de León, llamado el Grueso, el Craso, el Fanegas, el Mantecas, el puto gordo ese (c. 935-entre el 15 de noviembre y el 19 de diciembre de 966), fue un obeso mórbido que llegó a ostentar la corona de León en dos períodos diferentes (ya que la primera vez sus súbditos le echaron a patadas, pero luego volvió, como Pedro Sánchez más tarde hiciera en el PSOE, si bien en este caso no fue por gordo, sino por otros motivos... pero no nos desviemos del tema). Este tipo estaba muy enfermo y realmente tenía un problema serio con la comida.

Biografía[edit]

Recreación histórica de lo que picaba entre horas, entre medias de las siete comidas que hacía.

Sancho era hijo de Ramiro II y de su segunda esposa, que se llamaba Urraca, la pobre. Era nieto del rey Sancho Garcés I y de Toda de Pamplona, que no de toda Pamplona, a pesar de que el rey Sancho Garcés era muy aficionado a esparcer su semilla por doquier, que el hombre se pasaba todo el día como un perrillo con un cojín.

Durante su infancia sufrió bastante del síndrome del padre ausente ya que Ramiro II se pasaba el día guerreando y dándose de hostias con quien fuera, que era lo que le iba, y las pocas veces que paraba en casa también repartía collejas a sus hijos que era un primor. Esto le hizo desarrollar mucha ansiedad que calmaba con una excesiva afición por la comida, que sus costumbres alimenticias eran todavía peor que las de Donald Trump, la pesadilla de cualquier dietista. Así el joven Sancho era feliz entre hamburguesas, panteras rosas, pizzas, pizzas de hamburguesas, duwaps, doritos, panteras rosas con pizza dentro, yogur con tocino, tocino con yogur, morcilla con chorizo, quesos grasos, grasas quesadas, requesones, mantequillas, mantecas, mantecas con mantequilla untadas en pan con aceite, empanada de albóndigas con salmón, snacks de panceta bañados en mayonesa, y todo ello aderezado con refrescos y bebidas tan azucarados que casi podemos hablar más de líquido disuelto en azúcar que de azúcar disuelto en líquido. Y ya no solo es que la calidad de los alimentos fuera de aquella manera, sino que las cantidades también eran, digamos... abundantes. En más de una ocasión hicieron picadillo una vaca entera delante de sus ojos para que luego él pasara a degustarla en forma de carne picada con salsa de cabrales.

No salió a su padre en el gusto que éste tenía por hacer deporte (que en el caso de su padre básicamente consistía en repartir mamporros) sino que se movía menos que los ojos de Espinete, el jodío. Se pasaba el día tumbado tocándose los cojones... hasta que tuvo que tener a un esbirro para que se los tocara porque él no llegaba debido a que su oronda panza se interponía entre sus brazos y sus genitales.

Al morir su padre se postuló para la corona, pero su hermanastro Ordoño se la disputó en una lucha en el barro que ambos protagonizaron a las afueras de la capital, en lo que hoy es el polígono de Onzonilla. En tal justa la agilidad se opuso a la masa y Ordoño fue proclamado como el Rey Ordoño, el tercero de su nombre, rey de los cazurros, los asturianos, y los primeros hombres (los gallegos), Señor también de los castellanos y protector del Barrio Húmedo. Duró poco en el trono, de todas maneras, porque alguien le dio una infusión que por lo visto estaba en mal estado (jejeje) y el que pasó a estar en mal estado fue él, que la palmó.

Primer reinado y deposición[edit]

Así fue como comenzó su reinado. Todo mal. Nadie respetaba a un puto gordo que era incapaz de subirse a un caballo (reventaba al pobre jamelgo de turno cada vez que lo intentaba y había que sacrificar al pobre animal para evitarle sufrimientos). Además no tuvo mejor idea que enfrentarse a su tío, el poderoso y correveidile conde Fernán González (que era el que le había ayudado a estar donde estaba, para colmo).

Entonces Fernán González se dedicó a lanzar chismes y cotilleos sobre él. Que si además de gordo era imbécil (algo imbécil sí que era), que si no era capaz de levantarse de la cama solo ni para mear, que si comía siete veces al día y diecisiete platos de cada vez (Sancho decía que era para evitar sentir ansiedad, que era lo que le hacía engordar), que si era más fácil saltarle que rodearle (Sancho aducía que es que era de esqueleto robusto), que siendo tan gordo como era ni siquiera sería capaz de encontrársela para poder engendrar un hijo (y lo cierto es que, aun siendo rey y todo, las mujeres no querían tocarle ni con un palo). Total, que poco a poco la máquina del fango de la época se fue moviendo y los leoneses sentían cada vez más desafección hacia su rey, mas cuando ellos estaban cada vez más flacos debido a la escasez que padecían, en parte porque él se zampaba su ración de comida y la de medio reino.

Así que dos años después de ponerse la corona, Fernán González, con la complicidad de la nobleza y demás súbditos, expulsó a Sancho sin que este lograra combatir para impedirlo ¿qué iba a hacer, rodar como la roca esa que sale en Indiana Jones?

En su lugar, Fernán González colocó como rey de León al primo de Sancho, quien a la postre sería conocido como Ordoño IV el Malo. Que también se lució, el tal Fernán González.

Una dieta más estricta que la de la alcachofa[edit]

Lo de coserle la boca no era tanto porque no comiera sino para que se callara. Era muy pesado, en todos los sentidos.

El depuesto Sancho se trasladó rueda que te rueda a Pamplona para que lo protegiera su abuela Toda, que era una vieja cabrona, pero de armas tomar. Allí le lloriqueó para que ella le ayudara a recuperar la corona. Las abuelas, como todo el mundo sabe, tienen tendencia a sobrealimentar a la gente en general y a sus nietos en particular, pues para ellas siempre están demasiado flacos. Pues en este caso Toda de Pamplona quedó espantada de lo tremendamente mantecoso de la figura de su orondo nieto, y decidió que tenía que ponerle a adelgazar pero ya. Puede darse el lector idea de lo que se encontró la señora.

Los médicos cristianos en la Edad Media eran incluso menos fiables que en la actualidad, que lo mismo para adelgazar te recomiendan comer salmón con carne de caza, aceite de palma y Coca-Cola zero. Así que Toda decidió pedir ayuda al califa Abderramán III para que uno de sus médicos tratara al fanegoso Sancho, ya que en el mundo musulmán algo más letrados sí andaban los doctores. Así Sancho podría llegar al menos al estado de fofisano y demostrar a sus ex-súbditos que podía ser un rey, si no competente, al menos no extremadamente incompetente, o lo que es lo mismo, incluso por encima de la media de lo que suelen ser los reyes.

De esta manera Abderramán puso a Sancho bajo el tratamiento de su médico personal, quien decidió actuar de forma radical, no debido a la gravedad del estado de su paciente (que también) sino porque además era un jodido psicópata. Así encerró al puto gordo en una habitación, lo desnudó (cosa realmente innecesaria), lo amarró en una cama con correas y le cosió la boca, dejando una ligera apertura para meterle líquidos con una pajita. Con el ex-monarca postrado en esta situación tan sadomaso, se dedicó durante los siguientes cuarenta días a alimentarle exclusivamente a base de líquidos, cuanto más nauseabundos y asquerosos mejor: líquidos tales como infusiones que le provocaban cagarrinas, caldos de verduras Knorr y agua de mar. De vez en cuando le soltaban de la cama y le metían en una sauna, y a la salida le daban unas hostias para someter a su metabolismo a estrés que eso, le decían, favorece el adelgazamiento (cómo le engañaban). Finalmente un sujeto con máscara y correas de cuero le obligaba a caminar mientras le iba azotando con una fusta (sin que hubiera nada de sexual en ello) en sus regias posaderas, para que no se hiciera el remolón.

De esta manera perdió la mitad de su peso y la poca dignidad que todavía le quedaba. Pero compensó, porque a cambio recuperó la capacidad de follar: por fin se la encontraba, antes la polla no lograba asomarle entre los pliegues de grasa y a poco que se revolvía se venía solo, pues éstos, envolviendo su miembro hacían casi las funciones de una especie de vagina artificial.

Segundo reinado[edit]

Ya hecho un figurín (o al menos solamente un obeso no mórbido), llegó a un acuerdo con Abderramán. El moro le prestaba su ejército para pasar a sangre y fuego a su antiguo reino y, a cambio, una vez lo hubiera conquistado, Sancho le otorgaba numerosos castillos y tierras en él, que así visto el reino se le iba a quedar en la mitad.

De esta manera Sancho entró en León al frente de un ejército musulmán y volvió a recuperar la corona. Respecto a las promesas a Abderramán... si te he visto no me acuerdo. "La deuda se la han cobrado ya con los 120 kilos de grasa que me dejé allí, que se jodan", dijo, tal vez resentido por los humillantes tormentos a los que le habían sometido para reducir peso. Además de gordo, desgradecido.

Matrimonio y descendencia[edit]

Lo único que nos interesa es que tras adelgazar era capaz de follar y tuvo un hijo al que puso de nombre Ramiro, que luego le sucedió como rey, si bien no en la obesidad, ya que fue delgado, mas de cortas luces.

Una muerte muy coherente con su vida[edit]

Sus enemigos, bien los partidarios del depuesto Ordoño IV, bien los de Abaderramán III encabronados porque no había cumplido con su palabra o bien incluso todos ellos juntos, decidieron ajustarle las cuentas. Para ello aprovecharon sus nuevos hábitos alimenticios y de promoción de la vida sana y le hicieron llegar una manzana envenenada. Y así fue que palmó como vivió: comiendo.