Ludwig van Beethoven III
Ludwig Johann van Beethoven (Viena, 8 de marzo de 1839–¿París, Bruselas? 1913) también conocido como Louis von Hoven o como "Ludwig van Beethoven del AliExpress", fue un estafador y vividor que también se desempeñó como militar, periodista y empresario y que era sobrino nieto del célebre compositor Ludwig van Beethoven. En contra de la creencia popular, el nombre del perro de las películas no se debe al músico, sino que es una venganza de Hollywood hacia el tarambaina éste, que anduvo por ahí por norteamérica haciendo de las suyas.
Orígenes
Ludwig van Beethoven III fue hijo de Karl van Beethoven, el sobrino crápula de Beethoven, y de su esposa (del sobrino, no de Beethoven), una señora cualquiera llamada Caroline Naske. Este vienés es el tercer Ludwig de la saga porque el primero fue el abuelo del compositor (y tatarabuelo del que nos ocupa) que también era músico. El protagonista del presente artículo no tenía ni pajolera idea de solfeo, pero la verdad es que cantante era un rato. Como En los últimos años de Beethoven Karl se había reconciliado con su tío, a modo de sentido homenaje, llamó igual que él a su único hijo varón. A sus cuatro hijas, en cambio, les puso otros nombres.
El nuevo Ludwig van Beethoven recibió una esmerada educación (dentro de las posibilidades de sus padres, que tampoco es que fueran una maravilla) y lejos de querer seguir los pasos de su famoso y homónimo pariente prefirió seguir los de su mediocre padre, uniéndose al ejército. Como Karl falleció cuando su hijo Ludwig tenía 19 años, al joven le falló una figura paterna de referencia que le enderezara (aunque fuera a hostias) y pronto descubrió las dulces mieles del sablazo, la estafa y el desvío de fondos. Así, acusado de robar en su regimiento, su madre tuvo que gastarse el dinero de su herencia en sacarle del talego. Indignado en lo más íntimo, Ludwig abandonó el ejército (si bien en el regimiento afirmaban haberle echado) y se empleó como periodista en una revista amarillista llamada La Campana, hasta que se endeudó por cuestiones de juego y probablemente de furcias, con lo que su querida madre tuvo que gastarse sus ahorros en volver a salvarle el culo. Indignado en lo más íntimo, Ludwig se trasladó a Múnich (si bien jueces y acreedores afirmaban que había salido por piernas para evitar el pago de deudas y procesos penales pendientes).
En la corte de Baviera
Una vez en Múnich, Ludwig logró hacerse presentar a Ludwig Nohl, célebre erudito musical que ha pasado a la historia de la musicología por publicar cartas de Mozart que éste jamás escribió y por crear un pastiche en base a apuntes sueltos de Beethoven (el bueno) y colarlo como una obra auténtica de este último bajo el título de Para Elisa.
Nohl, fascinado por conocer a un pariente vivo de su idolatrado compositor, que además resultaba ser un alma gemela de él mismo, insistió en que Ludwig conociera al artista que se decía heredero de Beethoven, Richard Wagner. Ludwig, furioso por lo que consideraba una usurpación de su herencia se disponía a encontrarse con Wagner dispuesto a partirle la cara, pero Nohl le explicó que Wagner sólo se consideraba heredero del legado artístico de Beethoven, no del monetario. "Ah, bueno, eso es otra cosa" -respondió Ludwig-. "A mí eso de la música me da igual, mientras no me toque los dineros...". Ludwig olvidaba que el poco montante de su herencia ya se lo había pulido su madre en enjugarle los trapos sucios, pero sea como fuere, fue con buen ánimo a encontrarse con Wagner.
Wagner quedó fascinado por conocer a un pariente del músico que más admiraba (después de él mismo, claro) que además, al igual que él mismo, había tenido que huir repetidas veces de los acreedores: ambos eran unas víctimas de la sociedad. Era necesario reparar esta injusticia, y a Wagner no se le ocurrió mejor manera de hacerlo que presentar a Ludwig al generoso monarca al cual él mismo estaba pidiendo cuantiosos préstamos para sus proyectos artísticos: Luis II de Baviera.
Ludwig, recomendado por Wagner, logró obtener una audiencia con el rey de Baviera, ante quien se presentó no como sobrino nieto, sino como NIETO de Beethoven (tampoco mentía tanto, se dijo, al fin y al cabo el tito Ludwig quería a mi papá como si fuera un hijo, ¿no?). Luis II no podía permitir que un descendiente del gran compositor sufriera de esta manera y le contrató a cambio de un jugoso salario. ¿Qué trabajo desempeñaba Ludwig? Pues ser él mismo, el "nieto" de Beethoven ¿o acaso es poca cosa?.
Fue este tiempo el más feliz en la vida de Ludwig y fue cuando conoció a su esposa, Marie Nitsche (sin ningún parentesco con Friedrich Nietzsche, que ya está bien de parentela arribista en este artículo). La tal Marie era una pianista muy competente, y Ludwig le había visto oportunidad comercial a tener en la familia a alguien que pudiera presentarse con el apellido Beethoven y que además tuviera talento musical. Esto fue lo que acabó de ganar su corazón.
Como ha venido pudiendo verse hasta ahora, lo de Ludwig no era la música pero sí los negocios, para los que tenía mucha inventiva. Fue así que se inventó el título de Barón von Beethoven, bajo el que iba presentándose a la gente. Impresionados por este autoproclamado título nobiliario, así como el de su parcialmente verídico parentesco con el célebre compositor, más de uno y más de dos cayeron en sus sablazos y estafas. Finalmente, algún desalmado le denunció y ante la posibilidad de enfrentar cuatro años de cárcel por sus crímenes, volvió a salir por piernas junto a su esposa (a la que a su vez echaban seis meses a la sombra) y Karl Julius, su hijo de un año (éste, libre de cargos). Así, tras una breve escala en Hamburgo, fueron a hacer las Américas.
Un Beethoven en América al que se le cae el "Beet"
Expertos como el Coronel Donald W. MacArdle[1], llegaron a afirmar "no se ha encontrado confirmación de ningún tipo sobre la leyenda de que el hijo del sobrino Karl emigrara a los Estados Unidos de América." Pero el patriotismo les llevaba a mentir como bellacos intentando sacarse de encima la presencia de nuestro protagonista y hacer como si éste no hubiera pasado por ahí. Hay evidencia de que estuvo, vaya si la hay.
El 15 de septiembre de 1871 la familia Beethoven llegó a Nueva York, donde Ludwig no tuvo más remedio que buscar un trabajo honrado, en la oficina de un arquitecto. Con lo que no contaba es con la venganza de Ludwig Nohl, quien despechado porque tanto Wagner como Luis II le echaban en cara el haberles presentado a este Beethoven de tres al cuarto que les había dejado en evidencia, escribió un artículo poniendo a Ludwig a caer de un burro en un periódico llamado Noticias de Alemania que los inmigrantes teutones en tierras americanas leían con tanta morriña como fruición. Viendo cómo la injusticia y la maldad humana se cebaban con ellos, los Beethoven volvieron a poner pies en polvorosa y se dirigieron a Montreal, previa visita a las Cataratas del Niágara que a Ludwig le parecieron muy bonitas y cuya contemplación, eso sí, le dio ganas de hacer pis (lo cual le impidió maquinar demasiado sobre las posibilidades de explotación comercial de las mismas).
Más tarde podemos localizarles en Montreal, famélicos y sin tener donde caerse muertos, aprovecharon el apellido para que Marie tuviera la oportunidad de dar un concierto, cuyo éxito les permitió ir tirando... hasta que llegaron allí algunas copias de Noticias de Alemania. Así fue que Marie empezó su primera gira, corriendo siempre una ciudad por delante de la infamante revista, cosechando éxitos en sus conciertos de Quebec, Otawa, Brockwille, Hamilton... etc. Finalmente se establecieron den Detroit, donde Marie daba clases de piano y Ludwig, muy a su pesar, tuvo que trabajar poniendo vías en el Ferrocarril Central de Michigan. Resultó sin duda una amarga decepción tener que trabajar en un país al que dicen la tierra de las oportunidades.
Como la necesidad hace el ingenio, Ludwig empezó a calentarse la cabeza con ideas que le permitieran dejar de poner vías. Así fue que se hizo amigo de un tal Stiles al que comió la oreja con una idea completamente innovadora y única en el mundo: crear un servicio de mensajería (bueno, en realidad copió el modelo de los servicios de mensajería europeos). Era un plan sin fisuras, Ludwig ponía la idea, Stiles ponía el dinero para ponerla en marcha y Ludwig cobraba los beneficios. La esposa de Stiles le montó a éste una escena de mil demonios y entonces Ludwig y él volvieron a renegociar el acuerdo, llegando al trato de repartirse fraternalmente los beneficios. Por primera vez los norteamericanos no tenían que comunicarse a grito pelado y la empresa tuvo un gran éxito creándose sucursales en Chicago, Nueva York y Filadelfia. Y por fin Ludwig había logrado librarse del artículo de Nohl, al presentarse ante todos como Louis von Hoven. En una carta explica a una de sus hermanas que el cambio de nombre se debía a que quería evitarse preguntas indiscretas (dando a entender que éstas eran sobre su pariente famoso y no sobre sus problemas con la justicia, pero su hermana tonta no era y no se tragaba el embuste, como veremos más adelante). En la carta, Ludwig también manifiesta su intención de utilizar en lo sucesivo el apellido Beethoven solo cuando mantenga correspondencia con su anciana madre, quien tuvo la desgracia de vivir lo suficiente como para ver que su hijo lejos de convertirse en una persona decente perseveraba en su vocación de sacacuartos.
Su segunda idea empresarial existosa fue con motivo de la Centennial International Exhibition de Filadelfia, donde ideó un sistema de préstamo de sillas de ruedas bien engrasadas para que los abuelillos impedidos pudieran visitar con la celeridad de los tiempos modernos tal atracción. Y para que se vea lo generoso y desprendido que siempre había sido Ludwig, asumió la dirección del servicio a proponiendo llevarse a cambio solamente el 25% de las ganancias de la Feria, si bien la dirección de la misma accedió solamente a darle el 25% de las ganancias del servicio, los muy tacaños.
Y no fue ésta su única aportación a la feria, sino también la invención de una especie de taxímetro que resumía toda su experiencia vital: el mecanismo registraba la duración del viaje para evitar que el conductor timara tanto al viajero como al dueño de la empresa de taxis (nadie como un estafador para ponerse en la mente de un posible estafador) con incrementos de cuartos de hora que eran marcados por el sonido de un gong (¿homenaje a su tío abuelo músico?). Además, el mecanismo solo era visible mientras el coche estaba libre, cuando éste estaba ocupado se ocultaba a la vista de los observadores del exterior del coche, con lo que cualquier burgués aspiracional podía viajar como todo un Barón von Beethoven.
Desgraciadamente tanto la Feria como la compañía de taxis como la empresa de mensajería como el propio Ludwig se arruinaron en cosa de un año. ¿Sillas de ruedas que derrapan en las curvas? ¿Taxímetros con gongs que se desmontan espontáneamente y cuyos resortes les hacen golpear accidentalmente a los pasajeros del taxi? ¿Irritó Ludwig a Stiles con exigencias absurdas que hicieron inviable la red de mensajeros? La historia no lo cuenta, pero el caso es que hacia 1877 la ahora familia Von Hoven volvía a Europa con el rabo entre las piernas y las oportunidades transformadas en crisis.
De nuevo en la vieja Europa
Esperando que su nuevo apellido les camuflara, en 1878 nos encontramos a los ahora Von Hoven de nuevo en Viena, atrincherados indefinidamente en casa de Gabriele, la hermana de Ludwig a la que éste escribiera desde América, casada con un tal Robert Heimler. Ludwig tiene ideas luminosas para nuevos negocios que propone a su cuñado, quien no le soporta y tras plantarse ante Gabriele (quien se debatía entre el cariño a su hermano y la evidencia de que éste siempre había sido un jeta, pues como ya dijimos tonta no era) logra finalmente expulsar a los gorrones.
No volvemos a tener registros de los Von Hoven hasta 1890, cuando Marie escribe desde París al antedicho cuñado para pedirle que medie ante Schweinburg, el banquero administrador de los bienes de los Von Hoven. Dice que Ludwig está postrado en cama, pero que esta vez no es por vago, sino por una grave enfermedad y que no tienen ni para comprar pipas, ya que carecen de ingresos y el banquero, por la razón que sea, les retiene los pagos todo lo que puede, porque para que se lo gasten ellos mejor lo guarda él, no sea que caigan en vicios[2]. El cuñado esta vez se compadeció y les prestó 200 francos, que por supuesto no volvió a ver. Lo último que sabemos es que la familia se traladó a Bruselas, no está claro si antes o después de la muerte de Ludwig, en la miseria como tantos grandes hombres incomprendidos. Su hijo Karl Julius sería el último en portar el apellido Beethoven, ya que lo recuperó cuando fue a servir en el ejército austriaco como hicieran antes su padre y abuelo. Como Karl Julius era un tipo culto e inteligente pero blandengue y pusilánime, los oficiales lo emplearon no solo en la limpieza de letrinas, sino también en otras tareas menos agradables. Falleció prematuramente, pocos años después que su padre por una obstrucción intestinal que le operaron con un sacacorchos y con esto el apellido Beethoven se extinguió, pues si bien afirmaba haber tenido 5 hermanos, todos ellos habían ido perdiéndose por el camino en las idas y venidas de sus padres.
