Bocchi the Rock!
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Bocchi the Rock! (coloquialmente conocida como Bochorno the Rock!) es un manual de psiquiatría disfrazado de anime musical con filtros pastel. Relata la patética existencia de una adolescente con una fobia terminal a respirar el mismo oxígeno que el resto de la humanidad. Su gran plan maestro consiste en colgarse una guitarra al cuello bajo la ilusión de cosechar amistades espontáneas, pero acaba sufriendo convulsiones y mutaciones genéticas cada vez que un ser vivo le dirige la palabra.
Argumento
La trama comienza con Hitori Gotoh, un espécimen de estudiante cuya presencia escénica compite en desventaja contra la de un ácaro con baja autoestima. Bajo la alucinación clínica de que rasguear un trozo de madera electrificado generaría amistades de forma automática, pasa tres años recluida en un armario practicando hasta sangrar. Los vecinos llaman periódicamente a la policía convencidos de que alguien está siendo interrogado en el 4° B, pero los agentes ya tienen su número en lista de spam.
Logra forjarse una reputación legendaria en la infernet bajo el seudónimo "Guitarhero", acumulando millones de visualizaciones de adolescentes que le preguntan en los comentarios por su estudio de grabación profesional. Ninguno sospecha que el fondo negro del vídeo es la puerta del armario, que ese crujido ocasional es su madre preguntando si ya comió, y que el "ecualizador profesional" es en realidad el aire acondicionado que gotea sobre el amplificador. En la realidad tridimensional sigue siendo incapaz de mirarle los zapatos al cajero del supermercado sin sufrir un fallo multiorgánico.
Nijika Ijichi, baterista con los niveles de azúcar de una piñata industrial atropellada por un camión de dulces, la rescata de una banca de parque donde Hitori esperaba que la fama le cayera encima como un meteorito (con la misma probabilidad, dicho sea de paso). Sin leerle sus derechos, la arrastra hasta el Starry, un sótano en Shimokitazawa donde el oxígeno tiene horario reducido y la clientela también. El antro lo administra Seika, la hermana mayor de Nijika, que lleva la contabilidad del local con la misma ilusión con que alguien hereda una deuda hipotecaria de un tío que no le caía bien.
Coaccionada, sin abogado y con Nijika bloqueando la única salida con el cuerpo (técnicamente es un delito de secuestro, pero en Japón la batería pesa más que la ley), Hitori firma su ingreso a la Kessoku Band. Es el primer contrato social de su vida y el único que no puede cancelar metiéndose en un armario, porque Nijika ya tiene su dirección y un afiche de "Se busca" pegado en la entrada del local.
El calvario de las entradas
Para pagar el alquiler del local, Hitori debe vender entradas puerta a puerta a seres humanos reales que a veces abren y tienen cara. El primer intento dura tres minutos antes de terminar en el callejón trasero devolviendo el almuerzo al ecosistema junto con parte del desayuno, la merienda y varias convicciones filosóficas que había adoptado de un manga shōnen la semana anterior. Los vecinos del barrio aún hablan de "la chica que tocó el timbre y se desintegró".
La banda debuta ante un auditorio histórico compuesto por:
- Cinco desertores sociales que confundieron el local con una reunión de alcohólicos anónimos.
- Dos borrachos que entraron creyendo que era un baño público y que se quedan porque ya están cómodos y el suelo está más limpio que el del callejón.
- Kita, que técnicamente ya es de la banda pero se enterará en otro episodio cuando le sea conveniente al guion.
- Una mosca que llevaba tres días atrapada en el local y que, al ver a Hitori, sintió por primera vez lo que es la esperanza de escapar.
El festival cultural
El festival cultural de la preparatoria es donde la serie liquida a Hitori frente a todos. En pleno solo se le rompe la primera cuerda, porque no le da mantenimiento después de prestársela a unos mafiosos italianos para jugar a la cuerda con sus enemigos (es una larga historia que involucra un malentendido con una guitarra usada y un préstamo con intereses). Sin inmutarse (o más bien, paralizada por el terror), toma el cabello de una pobre víctima de la primera fila e improvisa un arreglo de slide que salva el conciertucho de escuela.
El público enloquece. Hitori, procesando su primer contacto con el orgullo en diecisiete años de existencia, decide replicar lo que ha visto en los videos de sus ídolos y se arroja al público en un stage dive. El público, que lleva noventa minutos en un gimnasio cerrado con alguien que huele a otaku y vive en un armario, ejerce su derecho constitucional a la autopreservación y se aparta en bloque. Hitori aterriza contra el suelo de un colegio público ante doscientos testigos, recoge una conmoción cerebral de recuerdo y el apodo permanente de "la rarita que se cayó sola delante de todos". Escapa por los drenajes municipales antes de que alguien le pregunte si está bien, demostrando que, efectivamente, los roedores y ella comparten más de lo que creen.
Ascenso en el inframundo musical
Lo que resta de temporada es la banda ascendiendo los peldaños del ecosistema musical de Shimokitazawa, que funciona con sus propias leyes de física cuántica aplicada a la música underground. Tocan en el SICK HACK, un festival donde el público vino a ver a otra banda y se queda porque ya gastó el pasaje y hace frío afuera. Allí Hitori descubre que existe un nivel de ansiedad superior al suyo: el de la vocalista, que directamente no apareció.
Después, el concierto de fin de año en el Starry: pocas docenas de personas que desde la perspectiva de Hitori tienen exactamente las mismas propiedades terroríficas que el Coliseo en temporada de leones. Lo llenan. Hitori toca. No se desmaya, no se licúa, no aterriza en ninguna superficie desde altura considerable. La cámara la enfoca sonriendo como si esto fuera un logro, y técnicamente, para alguien que vive en un armario y cuya mayor interacción social hasta la fecha fue discutir con una cucaracha sobre quién se quedaba con la migaja del martes, lo es.
El armario la espera en casa con la puerta abierta, que es la relación más estable y saludable que Hitori ha tenido en años. Al entrar, el armario susurra: "¿Ya terminaste de fingir que perteneces ahí fuera?". Y Hitori, por primera vez, responde: "No finjo. Solo... desafino en sociedad".
La Banda
El Bicho Raro Titular
- Hitori Gotoh (Bocchi)
- Una masa amorfa de pánico escénico embutida en un chándal rosa que huele a encierro y naftalina. Su corteza cerebral procesa la interacción casual como una alerta termonuclear. Ante el estrés, sus mecanismos de defensa incluyen licuarse, convertirse en esporas, fallar las texturas de su animación o transformarse en un modelo 3D de bajo presupuesto. Toca las cuerdas como una deidad en la comodidad de su recámara, pero frente al público su destreza motriz desciende al nivel de una salchicha hervida.
El Motor Diésel
- Nijika Ijichi
- La baterista y el único pilar de cordura del grupo. Es un faro andante con un dorito incrustado en el cráneo que funciona como panel solar. Su rol principal en el ecosistema de la banda es arrastrar a Bocchi fuera de la basura, evitar que la bajista muera de inanición por tragar pasto y administrar la mano de obra barata para el club de música de su hermana mayor.
El Parásito Financiero
- Ryo Yamada
- Bajista que sobrevive a base de fotosíntesis y estafas piramidales. Ostenta la actitud apática de una leyenda incomprendida del rock, lo que en términos prácticos significa dilapidar su capital en bajos carísimos para luego masticar maleza del parque el resto del mes. Carece de filtros verbales, moralidad económica y empatía básica, convirtiendo a Bocchi en su cajero automático personal.
El Agujero Negro de Extroversión
- Ikuyo Kita
- Vocalista y destructora de retinas introvertidas. Un ente de luz que emite una radiación social tan agresiva que marchita a Bocchi al contacto. Se infiltró en la banda acosando a Ryo y mintiendo sobre su currículum musical, dado que no sabía distinguir una púa de un trozo de plástico. Su nombre es un juego semántico que se traduce como "Allá voy", aunque el resto del elenco preferiría que se fuera a otro municipio.
Producción y animación
El estudio Trébol-Works asumió el encargo de animar a una adolescente con deficiencias comunicativas severas. Lejos de entregar un trabajo de oficina estándar, los directores optaron por quemar el presupuesto en sustancias alucinógenas y experimentación visual. Para ilustrar los ataques de pánico de la protagonista, los animadores descartaron el dibujo tradicional a favor de plastilina en stop-motion, fallos de renderizado en licuadora 3D, recortes de cartón y secuencias de acción real de pésima resolución.
El resultado es un viaje ácido que exhibe el grave deterioro cognitivo del equipo de producción. Cada vez que Bocchi intenta formular una frase de más de tres sílabas, la pantalla vomita estática, polígonos sin texturizar o una explosión nuclear a escala miniatura, capturando a la perfección la neurosis del encierro posmoderno.
El misterio anatómico de Bocchichona
En el plano bidimensional del manga, la protagonista ostentaba un volumen pectoral tan escandaloso que fue bautizada con el rigor taxonómico de Bocchichona. El propósito era retener pupilas mediante la generosidad de sus glándulas mamarias. Sin embargo, en un rapto de puritanismo audiovisual, el comité de animación sometió al personaje a una mastectomía presupuestal severa. La orden fue aplastar la topografía de Hitori hasta convertirla en un páramo desolado, obligando al espectador a consumir neurosis pura en lugar de polígonos inflados.
Esta extirpación de tejido generó fisuras semánticas irreparables en el guion televisivo. Cuando el resto del elenco reacciona atónito ante el supuesto "cuerpazo" que Hitori esconde bajo su pestilente armadura de poliéster, la continuidad colapsa. Al amputar a Bocchichona de la pantalla, la sorpresa anatómica del material impreso muta en un preocupante cuadro de esquizofrenia colectiva, donde la banda venera las proporciones inescrutables de una tabla de planchar.
Impacto
La transmisión del programa desató una epidemia psiquiátrica y financiera sin precedentes. Miles de o-tacos vaciaron las tiendas de instrumentos musicales de Japón, comprando compulsivamente guitarras Gibson Les Paul Custom negras (con valor superior a tres meses de salario mínimo). Estos costosos pedazos de madera terminaron acumulando polvo en los rincones de sus habitaciones quince días después, confirmando que la crisis de identidad ajena es un motor de ventas altamente lucrativo para la corporación Yamaha.
Simultáneamente, el turismo local en el barrio de Shimokitazawa colapsó. Hordas de peregrinos antisociales saturaron las calles para fotografiar postes de luz, basureros y paredes mugrientas donde la protagonista había sufrido crisis nerviosas reales. El ayuntamiento se vio forzado a colgar letreros suplicando a los turistas frikis que dejaran de obstruir el paso y de comportarse como fauna invasora en zonas residenciales.
Véase también
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