Absenta

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Toulouse-Lautrec sobre la Absenta

El simple hecho de comenzar a leer este artículo maldito le acerca un poco más a la perdición. Interesarse por la Absenta sólo conduce a un deterioro progresivo de la salud física, mental y espiritual, y desemboca irremediablemente en algún tipo de muerte horripilante (propia o ajena). Es simple y diáfano: es posible que no valga la pena. Pero si está firmemente convencido de sus actos, salga el sol por Antequera. Abra la boca y cierre los ojos; no querrá abrirlos nunca más.

El Hada Verde. Si la puedes ver, ya es demasiado tarde para ti.

Entrando en materia: Historia, Histeria, Leyenda y Mitología

A pesar del halo de obscurantismo que impregna las historias que suelen ubicar los orígenes de este misterioso bebedizo entre aquelarres canibalísticos y depravaciones diversas, lo cierto es que la absenta cuenta con unos orígenes en apariencia bastante más prosaicos, aunque no por ello menos dignos de mención. En pocas palabras, digamos que la absenta la inventó un suizo que vivía en un convento, allá por los finales del siglo XIIX, por la petición expresa de las monjitas de clausura del lugar, que estaban hasta la cofia de hacer pastas y galletas para la beneficencia y empezaban a cuestionarse seriamente la fortaleza de su fe. En el convento enseguida empezaron a proliferar las apariciones marianas y los accesos de éxtasis por doquier, y las noticias referentes a un extraño bebedizo que acercaba a Dios a los espíritus puros corrieron como un reguero de pólvora entre las gentes de bien de la comarca. Acababa de nacer un mito líquido y verde.

Desde entonces, múltiples artistas y asesinos en serie han dado lustre a tan singular bebestible, y ya el bueno de Van Gogh, que como siempre, estaba en la ruina más absoluta, prestó su carismática imagen (concretamente, su perfil derecho) para dar a conocer una famosa marca comercial de Absenta Holandesa con la sola ayuda de un cuchillo poco afilado y un sobre autoadhesivo. Como reclamo, por aquel entonces todas las botellas comercializadas de Absenta contenían una oreja humana en su interior, que según mandaba la tradición, debía ser ingerida con el último chupito de la botella, lo que daba pie a no pocas disparatadas y jocosas situaciones en las tabernas de la comarca. De dónde salían todas aquellas orejas, y cómo conseguían ser introducidas por los estrechos cuellos de las estilizadas botellitas verdes es algo que no pareció preocupar en demasía a las Autoridades Locales por aquel entonces.

Del mito al logos hay un buen trecho; no ocurre lo mismo entre el mito y la histeria colectiva. Ante la avalancha de informaciones acerca de los perniciosos efectos de la absenta sobre el sistema nervioso central de los franceses y otros animales invertebrados, en las que se alertaba acerca de los múltiples casos de brotes psicóticos, impulsos homicidas, Amok, Windigo y otras oscuras patologías místico-cerebrales que se propalaban por doquier entre los consumidores del brebaje, multitud de normativas prohibicionistas comenzaron a ser promulgadas en la mayor parte de la Vieja Europa (salvo en el Reino Unido, donde se acogió con júbilo este bebedizo como una forma más de diferenciación nacional, como conducir por la derecha, mantener la libra esterlina y rehusar graciosamente el uso del sistema métrico decimal). Pero fueron los bohemios y chiflados franceses quienes se entregaron con más fruición a los encantos del ajenjo destilado, hasta el punto de elevar el potingue en cuestión a la categoría de Bebida Nacional a principios del Siglo XX, desplazando a la hasta entonces vigente Bebida Nacional (el queso de Brie) a una deshonrosa segunda posición.

Múltiples propiedades organolépticas.

Tal fue el calado social del bebedizo, que el seis de octubre de 1902, el Parlamento francés al completo votó unánimemente el establecimiento del Jueves como el Día Oficial de la Absenta, articulando un conjunto de normas por las cuales la Absenta sería la única bebida servida en tales días por bares, restaurantes, discotecas y hospitales. Lamentablemente, ese mismo jueves, el parlamento francés al completo, en un estado francamente lamentable, votó unánimemente la sustitución de las penas de privación de libertad superiores a seis meses por la siempre elegante guillotina como parte del programa de recuperación de la simbología nacional. Dos semanas después, se agotaron las reservas de cestillos de mimbre en el país, la absenta volvió a ser terminantemente prohibida en todo el territorio gabacho, las florecientes empresas de fabricación de guillotinas quebraron miserablemente, y los seis miembros todavía vivos de la Asociación de Amantes del Queso de Brie respiraron aliviados. Durante este breve período, se vendieron alrededor de seis mil litros de absenta pura en París, y se cometieron trescientos catorce tentativas de homicidio y ciento sesenta intentos de suicidio, lo que fue considerado por las Autoridades Locales como "una proporción razonable, dadas las circunstancias", afirmando asimismo encontrarse "moderadamente satisfechos" por el trabajo realizado.

Algunos años después, y gracias al auge del opio y la cocaína, la cosa se fue relajando y la mayor parte de los países fueron levantando las prohibiciones sobre la venta y consumo del verde brebaje, estando hoy día penado su consumo únicamente en Finlandia, Guantánamo, Uzbekistán y algunas localidades sureñas de los Estados Unidos de América. Usted mismo podrá encontrar una botellita sin muchas dificultades en su licorería habitual. Pero ¡Cuidado!: es difícil escarmentar en cabeza francesa, pero usted y yo deberíamos intentarlo antes de que sea demasiado tarde. Y esto es especialmente válido si usted habita en uno de esos hermosos países en los que la pena de muerte presida orgullosa el Código Penal. Sin duda, sus familiares y amigos se lo agradecerán con creces.

El ritual de la absenta

Cucharilla agujereada; no válida para sopas.

Usted seguramente quiera quedar como un hombre de verdad delante de sus familiares y amigos trasegando lingotazos de Absenta a palo seco directamente de la botella hasta caer inconsciente (aproximadamente, a los veinticinco segundos), pero debe saber que el consumo de este antiquísimo bebedizo se ha visto ligado desde tiempos inmemoriales a un complicado y elaboradísimo ritual que incluye elementos tan insospechados como cierta cantidad de agua, cucharillas agujereadas e incluso algún que otro vaso.

La cosa viene a ser como sigue: deberemos verter cierta cantidad de absenta en un vaso o copa apropiados (nunca un jarrón), a elección del consumidor. Una parte de absenta por dos de agua puede ser más que suficiente; si le gustan las emociones fuertes, puede invertir la proporción. Nada de rodajitas de limón ni zarandajas por el estilo; usted quiere ser un bohemio como los de las películas. Tampoco se le ocurra pedir alguna marca baja en calorías, o puede morir acuchillado por cualquier persona de bien que se encuentre en sus inmediaciones.

Una vez tenemos nuestro vasito con absenta preparado, sacaremos del bolsillo trasero de nuestros pantalones esa cucharilla agujereada que siempre llevamos encima. Con cuidado, iremos vertiendo agua gota a gota sobre la cucharilla (que previamente habremos situado sobre el vaso, pues no queremos derramar el líquido elemento sobre la mesa o alfombra persa del salón). Al contacto con el agua, la verde absenta, por obra y arte de Birli Birloque y las Hadas Verdes del Mundo de la Piruleta, se irá tornando en una sustancia translúcida de aspecto lechoso, tan poco agradable visualmente como poco reconfortante gustativamente. O dicho de otro modo: “si crees que eso tiene mala pinta, ¡espera a echártelo por el gaznate!”. Y con esto, ¡listos! Nuestra originalísima bebida está lista para ser ingerida e inmediatamente vomitada ante la atenta y atónita mirada de nuestros incultos acompañantes, que se rendirán de inmediato a nuestros pies ante tan mágica transubstancialización liquidil. Recuerde levantar graciosamente una ceja mientras se lleva a los labios la copichuela, y la noche se le presentará inmejorable en lo que a futuras prestaciones copulativas se refiere, siempre y cuando no cometa el error de repetir la operación demasiadas veces más, en cuyo caso su futuro inmediato estará irremisiblemente ligado a la comisaría de policía, hospital de urgencias o depósito de cadáveres más cercanos. Aunque este aspecto ineludible del asunto reclama de suyo un apartado propio que, ni cortos ni perezosos, desarrollaremos a continuación.

A la mañana siguiente: despertando en el Infierno.

Este tipo tan molesto en mi cerebro me atosiga sin cesar. ¡Habrá que tomar medidas!

Múltiples y variados son los efectos residuales de la absenta en el organismo durante el tan temido día después. Grandes bebedores de más de 120 kilos de peso y con un amplio historial de victorias en concursos de bebida de los bajos fondos de Tijuana se han visto sorprendidos al verse incapaces de articular otra cosa que la palabra “Papagayo” durante las primeras horas de la mañana siguiente tras haberse rendido a los sibilinos embrujos del Hada Verde. A pesar de la impredecibilidad del devenir de estos extraños efectos secundarios, reputados expertos de la Organización Mundial de la Salud han elaborado un informe recopilatorio con algunas de las conductas observadas en valientes sujetos experimentales voluntarios, escogidos al azar de entre la población reclusa de la China Comunista a cambio de sustanciales reducciones de condena, y hoy en día lamentablemente fallecidos. A ellos dedicamos, con respeto, este pequeño dossier inciclopédico que puede salvar muchas vidas.

Trastornos Gastrointestinales.

Si bien la práctica totalidad de las intoxicaciones etílicas acarrean estos molestos síntomas durante la famosa “mañana siguiente” por todos conocida, en este caso las observaciones realizadas refieren un grado de motilidad intestinal cualitativamente superior al esperado en el caso de las bebidas espirituosas más convencionales. Los extremos más graves pueden conllevar una explosión incontrolada de los intestinos grueso y delgado con la consiguiente y desagradable diseminación interna del contenido del tracto intestinal, provocando trastornos francamente molestos, tales como la halitosis y la muerte por desbordamiento fecal interno.

Inciconsejos: Establezca su campo base de operaciones a menos de dos metros de un cómodo retrete acolchado, preferiblemente marca “Roca”, y evacue al personal de todo el edificio durante al menos cuarenta y ocho horas. Alerte a las Autoridades acerca de la posibilidad de que se produzcan explosiones en el interior del inmueble. Provéase de una buena cantidad de papel higiénico (imprescindible doble capa), y al término del vendaval, aproveche para sustituir el maltrecho papel pintado de las paredes por algo más moderno y resultón.

Alucinaciones visuales, auditivas, táctiles, olfativas y gustativas

Antes de proceder a la acostumbrada sacudida matutina de las cortinas del salón, deberemos asegurarnos de que el plumero que tan despreocupadamente golpeamos contra las polvorientas cortinas no se trate del cuchillo jamonero recién afilado de la encimera que la suegra nos ha regalado en su última visita de inspección rutinaria. El error no tendrá mayor importancia siempre y cuando no descubramos que las presuntas cortinas que nos encontramos acuchillando sin contemplaciones no son otra cosa que el vestido nuevo de los domingos de nuestra amadísima esposa. Aún así no desfallezca; en esta vida todo tiene arreglo, a menos que nuestra amadísima esposa se encuentre en el interior del susodicho vestido. En este último caso, introdúzcase el plumero por un orificio cualquiera de su cuerpo, y aguarde pacientemente la llegada de la placentera muerte redentora.

Inciconsejos: No se mueva, no respire, no parpadee, no responda a los estímulos, no sacuda las cortinas del salón.

¡Una copita más, y para casa!

Epilepsia

Desgraciadamente, la actividad cerebral es una de las cosas que se verán ciertamente resentidas tras la ingesta de nuestra bebida favorita. Lidiaremos con estos cortocircuitos neuronales como buenamente podamos; a estas alturas ya nada nos asusta y estamos preparados para lo que nos echen, así que no nos vamos a acobardar por unas pocas convulsiones de nada y algo de espuma por la boca.

Inciconsejos: Intentaremos conservar la mayor parte de la lengua, de modo que resulta aconsejable introducirse una esponja de generosas dimensiones entre los dientes lo antes posible, pudiendo ser sustituida por un buen par de calcetines de lana de la abuela, o setenta y cinco centilitros de Blandi Blub. Este Blandi Blub en ningún caso deberá ser ingerido, ya que no se han descrito los posibles efectos apocalípticos del Blandi Blub al contacto con la Absenta que permanecerá aún en nuestro organismo, pero eso es algo que usted seguramente no desea experimentar. Las convulsiones incontroladas y la pérdida absoluta del control de los esfínteres no nos deben preocupar demasiado, siempre y cuando procuremos no alejarnos demasiado del retrete acolchado al que previamente habremos pedido que nos aten.

Muerte cerebral

No nos llamemos a engaño: entra dentro de las posibilidades. Si lo vemos venir, inspiremos aire profundamente, apaguemos las luces, cerremos los ojos y recordemos gozosos las sabias palabras de Epicuro proclamando con orgullo: ¡Ah, cuán intensamente hemos vivido!

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Artículo destacado

Este artículo ha sido destacado en la Portada por decisión popular.

Los rumores sugieren que sus autores fueron instruidos
por el mismísimo Miguel de Cervantes.

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