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Cosa antigua griega cuya función de cosa era tan obvia que no la escribieron en ningún lado y que ahora no sabemos si es una cosa, parte de otra cosa o muchas cosas.

Cosa (del dialecto peru-ano Causa a la limeña) es el abyecto físico-lingüístico más versátil del cosaverso, diseñado para salvarle el culo a tu vocabulario cuando el cerebro se va de huelga.

Su existencia se justifica en el dogma sagrado de que "una cosa es la cosa, otra cosa es otra cosa, y algo es cualquier cosa", permitiendo a los usu(arios) asir cosas sin saber qué asían y hacer cosas sin saber qué hacían, cosificando cosamente todo lo cosificable en una orgía de vagancia nominal. En términos odontológicos, la cosa abarca todo aquello que puede ser pensado, supuesto, negado o insertado por la retaguardia sin previo aviso.

Históricamente, la cosa nació para llenar el "cajón de mierdas varias" sin ofender a la taxonomía. Es la némesis de la herramienta útil; mientras un destornillador tiene la pretensión burguesa de servir para un fin, la cosa abraza la pereza absoluta de la cosa en sí de Kant, existiendo pura y llanamente para estorbar abstractamente.

Historia

Cuacks, las primeras cosas del universo.

Todo comenzó cuando la Nada, harta de su irrelevancia, sufrió un colapso de autoestima y densificó su vacuidad en un Algo. Pero el Algo era difuso y cobarde, así que la gravedad hizo su trabajo y lo compactó en la Cosa, inaugurando la física cosística: si duele cuando lo pateas descalzo, existe. Durante el Neocosítico, el Coso sapien dejó de caminar para sentarse a vigilar sus cosas, inventando el barro cocido (cosas huecas) para meter cosas dentro de otras cosas, tiempo después los señores feudales acaparaban las macro-cosas (tierras y siervos) y los alcosistas intentaban transcosificar estiércol en oro rezando en latín para no volarse la cara.

La Revolución Induscosial perfeccionó la reproducción de cosas en serie, donde fábricas vomitaban objetos para que el proletariado (cosas que sudan, cosificados según Marx, cosa que les dijo y les valió cualquier cosa) se endeudara comprándolos. Sin embargo, la evolución final llegó con el siniestro giro del cosismo por suscripción: hoy, el Coso Negro es un ritual donde las masas se matan a machetazos por cosas que no les pertenecen, pues el software es alquilado, la música vive en la Nube (una cosa gaseosa) y tu coche te cobra una mensualidad para calentar el asiento. Hemos cerrado el círculo regresando a la Nada: pagamos fortunas por la ilusión de tener cosas, pero en realidad solo somos dueños de la contraseña temporal para mirarlas.

Taxonomía

La cosística divide a la cosa infinita entre cosas y no-cosas. Lo lleno es una cosa, y lo demás son otras cosas. Hay cosas hechas de cositas microscópicas, como los cosos peludos y las cosas radiactivas (y toda la cosa intermedia, como nosotros y el resto de las cosas naturales); y hay cosas que no están hechas de cositas pero tampoco son el vacío, como los cosos transparentes, las cosas abstractas o los cosos de los cosos cuando estos reviven. Como no están hechos de cosas tangibles, la cosística asume que seguro son anticosas (una cosa rencorosa que odia a las cosas y jura destruir toda la cosidad).

Cosas materiales

Las cosas se diferencian entre cosas inútiles y cosas para amontonar otras cosas.

La mayoría de estas cosas existen. Su cosidad principal es ocupar una cosa en el espacio para evitar que la gran cosa colapse por exceso de nada.

Cosas comunes

Habitan en todas las cosas del mundo, formando la columna vertebral del cosismo. Aquí reina el coso para abrir las otras cosas (antes llamado abrelatas, pero ahora las cosas cilíndricas traen cositos para abrirse solas). A nivel urbano, encontramos el coso de las luces, esa cosa en la esquina que alterna colores para que los cosos con ruedas no choquen entre sí, y a escala cósmica está el coso brillante espacial, que sale cada mañana para calentar las cosas terrestres.

En la escala menor está el cosito que se cayó detrás del coso para sentarse y pasó a la dimensión de las cosas perdidas, y el coso negro con cables de un Nokia prehistórico que guardas por si la cosa analógica vuelve. Mención especial a "la cosa esa del baño": da igual en qué país estés, si gritas desde el retrete "¡pásame el coso!", te darán papel higiénico (el coso para la cosa) o la escobilla (la cosa para los cosos), dependiendo del tono del gruñido.

Cosas peligrosas

Santa Muerte en frasco, una cosa peligrosa.

Cualquier aglomeración de cositas con cables pelados o filos traicioneros. Tenemos la cosa que pincha, camuflada sádicamente en una lata de cosas dulces danesas; la cosa que derrite, un coso en el centro de un reactor nuclear que funde cosas con solo mirarlas; y la cosa que explota, que abarca desde una olla a presión sin válvula hasta un coso blindado con orugas. Si le sumas el coso de los enchufes (una extensión pirata comprada en la calle), tu entorno es un campo minado esperando que el coso del gas vuele la manzana entera.

Cosas inútiles

El triunfo de la cosa sobre la función, cosas cuya única razón de ser es ocupar el espacio donde podría haber una cosa útil. El 80% de la economía mundial se sustenta en fabricar estas cosas en China, comenzando con el coso viudo, esa cosa de plástico sin su coso de tapar que no sirve para guardar ninguna cosa.

En la civilización misma reina la cosa burocrática, como la fotocopia de la cosa de identidad que te piden para acreditar que eres tú aunque estés ahí presente con tu cara de cosa; o la cosa pública decorativa, esas rotondas con cosas de metal oxidado que costaron lo mismo que tres hospitales (cosas útiles). La cumbre son las cosas que no son cosas, como los NFT o las cosas financieras.

Cosas raras

Artículo principal: Stranger Things

Las cosas raras son cosas menos comunes; objetos cuya cosidad no se rige por el uso, sino por el "qué rayos es esa cosa". Aquí entra la cosa no euclidiana, un coso geométrico invocado por cultistas que tiene más esquinas que lados y te fríe el coso pensante si lo miras fijamente. También está el coso heredado (un payaso de terciopelo que te sigue con la mirada), cuya única función es acumular cosos astrales.

La rareza escala a lo biológico con la cosa orgánica, esos frascos donde guardan cositas blancas masticadoras o cordones umbilicales que parecen charqui rancio para un futuro vudú. Todo esto convive con la cosa artística (una cosa en blanco que vale millones por la "cosidad del vacío") y la cosa esotérica, como el huevo para limpiar la "mala cosa", probando que la fe y el mal gusto son cosas compatibles.

Cosas inmateriales

La cosificación alcanza el plano astral, ese vertedero psíquico donde las cosas no pesan pero joden la espalda. Entre las cosas inmateriales peligrosas reina la frase "hay cosas que tenemos una cosa que hablar", la antesala verbal de que van a tirar tus cosas plásticas coleccionables si no consigues una cosa remunerada, seguida por tener "una cosa con alguien", el eufemismo cobarde para ocultar que te acuestas con un coso humano sin futuro.

En las cosas inmateriales inútiles, el cerebro acumula "cosas en la cabeza" como estribillos de reguetón que consumen más cosas de memoria que tus recuerdos. Las cosas inmateriales raras incluyen ese "no sé qué cosa" que te da mala espina, o "me pasó una cosa extraña" que era un suceso disfrazado de cosa; mientras que las supuestas cosas inmateriales útiles, como la "paz de la cosa mental", son mitos que la gente busca pero nunca encuentra porque están ocupados comprando cosas materiales.

Cosas materiales-e-inmateriales

El monarca absoluto es el coso del internet (una cosa de plástico parpadeante que irradia la cosa mágica invisible del Wi-Fi), cuya integridad física es inversamente proporcional a la paz social: si pateas la cosa plástica, la cosa invisible muere y la familia regresa a tirarse cosas de piedra.

En el ecosistema financiero reina la cosa plástica de las deudas (tarjeta de crédito), un coso de cinco gramos que alberga toneladas de miseria inmaterial capaz de embargar tu cosa para sentarte, y su némesis, el coso de garantía. Este último es una cosa térmica tangible que encapsula una promesa, pero su tinta se suicida por contacto con el aire exactamente veinticuatro horas antes de que la cosa para freír explote.

Cosas que no existen

A diferencia de las cosas inmateriales, las cosas que no existen son vacíos disfrazados de cosa para evadir el abismo. El pináculo es el mítico "cualquier cosa te aviso", una promesa de interacción que jamás se hará cosa, seguida por la cosa que te presté, un coso legendario que juras haber entregado a tu vecino en 2019 para extorsionarlo moralmente.

A nivel cerebral tenemos la cosa que iba a decir, una idea que se fugó dejando un "este... se me fue la cosa" (el Ctrl+Z biológico), y finalmente la otra cosa, esa alternativa hipotética que el jefe exige a gritos cuando el plan A falla, ignorando que "la otra cosa" era la misma cosa pero cobrando más cosas.

La cosa en la lingüística

Para la lengüa ística, "cosa" es una palabra baúl (o palabra-agujero-negro), un vocablo parásito que engulle el léxico de las poblaciones con alergia al diccionario. Su función sin taxis principal es eximir al lóbulo frontal de procesar sinónimos. Cuando el emisor sufre amnesia temporal frente a un susto antivo, el lexema "cosa" usurpa su lugar, fulminando siglos de evolución del idioma para regresar la comunicación al formato del primate que señala bultos con el índice. Los filólogos la diagnostican como el comodín definitivo: opera como sujeto, predicado y daño colateral.

Cosas que se llaman "Cosa"

Existe una anomalía taxonómica donde la pereza creativa bautizó entidades legales, biológicas y automotrices con el mismo vago lexema. En este club conviven La Cosa de Marvel (un amasijo de escombros naranjas cuya rutina laboral es golpear bultos al grito de "hora de cosificar") con La Cosa del Pantano, una ensalada humanoide atrapada en la depresión botánica, y La Cosa de otro mundo, un alienígena tan inestable que el título fue lo único que no mutó. Por el lado criminal tenemos a La Cosa Nostra, el triunfo del eufemismo donde fracturar rodillas se archiva bajo la excusa de "son cosas nuestras", mientras que en España, la mano amputada de los Addams fue bautizada como "Cosa" porque llamarla "Mano" requería excesivo rigor anatómico. La desidia semántica alcanza su cumbre con el Volkswagen The Thing, un ladrillo con ruedas cuya aerodinámica era una ofensa a la física, y termina inevitablemente en la política: la Cosa Pública es esa entidad que se administra con transparencia hasta que amanece en un paraíso fiscal, momento en el que se invoca la Cosa juzgada, un hechizo legal en latín que significa "el fallo es inamovible y tu apelación me la pela".

La cosa como eufemismo

Su máxima rentabilidad social se alcanza en la diplomacia de callejón y la cobardía moral. Como eufemismo, "la cosa" actúa como lona acústica para encubrir actividades ilícitas, anomalías anatómicas o miserias financieras sin activar las alarmas legales.

El camuflaje opera en múltiples frentes:

El código penal: Un soborno muta ágilmente en "vamos a arreglar la cosa". Un ajuste de cuentas se despacha con un "ya nos encargamos de esa cosa". La condena se evapora ante un sustantivo tan vago que ningún fiscal logra imputar.

La praxis médica: Una infección venérea o una mutación celular se diagnostican clínicamente como "le salió una cosa rara" o "tiene una cosita ahí". Oculta el trauma de la terminología médica, sustituyéndolo por el pánico absoluto a lo desconocido.

El pudor reproductivo: El coito y sus acrobacias se censuran bajo el rótulo de "están haciendo sus cositas", una frase que castra la pasión carnal para hacerla sonar como una tarea de papiroflexia de preescolar.

El colapso sistémico: Cuando la inflación estalla o el precio del aguacate colapsa la economía en Michoacán, el ciudadano promedio emite su análisis macroeconómico definitivo: "la cosa está dura". La "cosa" absorbe estructuralmente el trauma entero del Tercer Mundo.

En la sexualidad

La cosa ha sido el eufemismo sexual definitivo desde que el primer homínido señaló la entrepierna ajena y, al no saber el término técnico, optó por el comodín lingüístico. Este momento, conocido como el Paleocosismo Erótico, demostró que en la intimidad, la vaguedad supera a la precisión: "¿Te gusta mi miembro viril?" suena a discurso de inauguración; "¿Te gusta mi cosa?" suena a complicidad.

En la cama, "cosa" designa desde órganos sin nombre oficial hasta juguetes de formas inexplicables que acaban en un cajón (el cosario íntimo). También permite la ambigüedad táctica: si la otra persona se ofende, siempre puedes alegar que te referías a su colección de cosas. La cosificación erótica —tratar a alguien como cosa— tiene versiones consentidas (cuando ambas partes acuerdan ser cosas mutuamente satisfactorias) y no consentidas (que suelen terminar con cosas volando por la habitación).

En el ligue, la cosa brilla: "Me gusta tu cosa" (riesgo alto), "¿Qué cosa te gusta hacer?" (infinitas posibilidades), "¿Nos vamos a tu cosa o a la mía?" (genial si tienes casa). Y después, el clásico: "Fue cosa de una noche" (que a veces se alarga a cosa de un año).

Immanuel Kant sostenía que las personas no deben ser tratadas como cosas, sino como fines en sí mismas. No previó que algunas personas desean ser tratadas como cosas, ni que ciertas cosas (como los consoladores) son fines en sí mismas[1]. En la era digital, las cosas virtuales (fotos, chats, apps) ocupan espacio en la nube pero no en la cama. La ventaja es que no abrazan; la desventaja, que tampoco abrazan.

Cosa vs. constructo

Cita3.pngEsto es una cosa.Cita4.png
Cita3.pngNo, eso es una silla. El concepto de 'silla' es un constructo.Cita4.png
Cita3.pngPues la silla me acaba de golpear la cosa y me duele, ¿eso es cosa o constructo?Cita4.png

La diferencia fundamental es sencilla: una cosa puede golpearte la cosa, mientras que un constructo solo puede golpearte la cabeza (y metafóricamente, aunque con los filósofos pesados a veces también físicamente). El problema es que se mezclan: la corona es cosa, pero la monarquía es el constructo que la necesita para no ser un pisapapeles con piedras. El amor es constructo, pero los peluches con forma de cosa son objetos que intentan representarlo sin éxito. Y el dinero es el caso más tramposo: el billete es cosa, pero su valor es un constructo en el que todos fingen creer.

Los filósofos idealistas que sostienen que todo es constructo suelen ser muy cuidadosos al cruzar la calle: aunque el autobús sea una construcción mental, duele como cosa cuando te golpea[2]. La regla práctica, para no complicarse: si duele donde te golpeó, es cosa; si duele donde piensas, es constructo; y si duele en los dos sitios, enhorabuena, has descubierto la cosa-existencial (una hipoteca, por ejemplo).

Diversificación cosística

La cosa se diversificó con tamaños: cositas de bolsillo (más cosas que las cosas normales, siempre que cupieran en la mano o fueran adorables), cosas normales (las que caben en una caja), y cosotas (cosificadores profesionales especializados en objetos grandes que nadie sabe dónde guardar). El desorden conspiró acumulando cosas en lugares que los usuarios tenían prohibido organizar para evitar que se volvieran demasiado ordenados, o tal vez demasiado aburridos[3].

El movimiento minimalista

Como reacción al exceso de cosas, surgió el minimalismo, movimiento que propone tener menos cosas para ser más feliz. Los minimalistas cosifican la ausencia de cosas, convirtiendo el "no tener" en una cosa en sí misma. Irónicamente, para ser minimalista hay que comprar libros sobre minimalismo, asistir a conferencias sobre minimalismo y seguir influencers del minimalismo, acumulando así cosas sobre cómo no acumular cosas[4].

Cosas famosas

A lo largo de la historia, algunas cosas han alcanzado la fama por razones que van desde lo sublime hasta lo ridículo:

  • La Piedra Rosetta: Cosa famosa por tener cosas escritas en varios idiomas que nadie entendía hasta que apareció una cosa llamada Champollion que resultó ser una persona (las personas también son cosas, según la RAE, pero eso es otro debate)
  • La Mona Lisa: Cosa pintada que es famosa por ser famosa, generando un ciclo de fama-cosa infinito (es famosa porque es famosa, y es cosa porque es famosa)
  • La Coca-Cola: Cosa líquida que se cosificó tanto que ahora es imposible imaginar el mundo sin esta cosa, y además tiene su propia cosa-navidad
  • El Tornillo de Arquímedes: Cosa que sirve para subir otras cosas líquidas mediante movimiento cosificado rotatorio, básicamente el primer electrodoméstico
  • La Rueda: La cosa más influyente de la historia, que permitió mover otras cosas más fácilmente y, eventualmente, tener cosas que ruedan solas (coches)
  • El Ladrillo: Cosa rectangular que apilada con otras cosas rectangulares iguales forma cosas habitables, también usado como cosa arrojadiza en manifestaciones
  • El iPhone: Cosa que contiene todas las demás cosas digitalizadas, el coso supremo, la cosa que hace de cosa para todo

Cosas no famosas

La inmensa mayoría de las cosas nunca alcanzarán la fama, destinadas a vivir vidas anónimas en cajones, garajes y trasteros:

  • La cosa esa del cajón de la cocina que nadie usa pero nadie tira (lleva ahí desde 1997)
  • Ese cable que no sabes de qué es pero guardas por si acaso (tienes 47 cables así y ninguno sirve para nada)
  • La llave que no sabes qué abre pero seguro es importante (podría ser de una casa que ya no tienes, pero la guardas)
  • El tornillo suelto que apareció en el suelo y genera ansiedad existencial ("¿de dónde salió? ¿se habrá caído de algo importante?")
  • Cosas heredadas de familiares que no puedes tirar por respeto pero no sabes qué hacer con ellas (ocupan espacio y generan culpa)
  • Esa cosa que compraste en un viaje y nunca usaste pero te recuerda que estuviste allí (funciona como cosa-memoria)

Estas cosas anónimas constituyen el 99.9% de la población cosística mundial, viviendo vidas tranquilas de mediocridad objetual, acumulando polvo y esperando que algún día alguien las necesite.

La cosa en diferentes idiomas

La versatilidad de la cosa trasciende fronteras lingüísticas, manifestándose en múltiples idiomas con matices culturales únicos:

  • Inglés: "Thing" (pronunciado "zing" cuando se es británico elegante), más específico que "cosa" pero igual de vago. Los angloparlantes también usan "stuff" para referirse a múltiples cosas simultáneamente, creando así el concepto de "cosa plural" o "cosas que no merecen ser nombradas individualmente"
  • Francés: "Chose" (se pronuncia "shoz" mientras se fuma), que suena sofisticado pero sigue siendo una cosa. Los franceses también tienen "truc" y "machin", porque una sola palabra para cosa no es suficientemente complicado para una cultura que valora la complejidad
  • Alemán: "Ding" (que curiosamente también significa "asamblea" en alemán antiguo, sugiriendo que las asambleas medievales eran básicamente reuniones de cosas). Los alemanes pueden crear palabras infinitas agregando cosas a otras cosas: "Dingsbums" (la cosa del nombre que no recuerdas)
  • Italiano: "Roba" (cosa en plural) y "cosa" (cosa singular), pero los italianos gesticulan tanto que raramente necesitan la palabra; las manos ya hacen de cosa
  • Portugués: "Coisa" (idéntico al español pero pronunciado como si tuvieras algo en la garganta), también "troço" (cosa con aires de importancia) y "bagulho" (cosa de menor categoría)
  • Japonés: "Mono" (物), que puede significar cosa, objeto, o la esencia de las cosas según el contexto filosófico. Los japoneses tienen el wabi-sabi, que es básicamente una filosofía sobre encontrar belleza en cosas viejas y rotas, que en Occidente llamamos "no tengo dinero para cosas nuevas"
  • Chino: "Dōngxi" (东西), literalmente "este-oeste", porque los chinos antiguos decidieron que las cosas son direcciones cardinales. Tiene sentido si no piensas mucho en ello: las cosas vienen de todas direcciones
  • Ruso: "Veshch" (вещь), que suena a estornudo pero significa cosa. Los rusos también tienen "shtuka" (штука), que es una cosa pero con actitud, como si la cosa tuviera personalidad
  • Árabe: "Shay'" (شيء), palabra que también puede significar "nada" en ciertos contextos, creando la paradoja filosófica de la cosa-nada, que es como un agujero negro pero con impuesto de circulación

Esta diversidad lingüística demuestra que la necesidad de nombrar cosas innombrables es un fenómeno universal humano, probablemente el único consenso global además de que los mosquitos son molestos y que las cosas siempre aparecen cuando no las buscas[5].

Fenómenos cosísticos modernos

El síndrome de la cosa perdida

Fenómeno por el cual una cosa desaparece misteriosamente cuando más la necesitas y reaparece cuando ya compraste una nueva. Afecta principalmente a:

  • Llaves (tienen una dimensión paralela en los sofás)
  • Controles remotos (se reproducen por esporas en los cojines)
  • El otro calcetín (existe una teoría conspirativa sobre lavadoras que se los comen)
  • Cargadores de teléfono (se van de viaje sin avisar)
  • Esa cosa que juraste que dejaste "justo aquí" (el "aquí" se movió)

La ciencia aún no puede explicar este fenómeno, aunque teorías populares incluyen portales dimensionales en los sofás, gremlins domésticos, la maldad intrínseca de las cosas pequeñas, y que en realidad nunca las tuviste donde creías.

Acumulación compulsiva de cosas

Hoy la cosa abarca millones de objetos físicos disfrazando de "podría servir algún día" el acaparamiento más básico, con su lema de que tirar cosas es una ficción irresponsable. Esto lo festejaron guardando multitud de objetos perfectamente inútiles en cajones que ya no cierran, armarios que amenazan con estallar, y trasteros que parecen vertederos arqueológicos. La Contrarreforma minimalista respondió creando deprimentes purgas de armarios con método KonMari, volviéndose mojigata como respuesta al acumulacionismo y ofreciendo donaciones 2x1, porque nada une más a los humanos que el amor a la Cosa, aunque sea para deshacerse de ella.

La era digital y la desmaterialización de las cosas

El siglo XXI trajo el fenómeno paradójico de las cosas digitales: objetos que no ocupan espacio físico pero igual acumulas compulsivamente. Incluyen:

  • Archivos descargados que nunca abres (ocupan gigabytes igual que las cosas físicas ocupan metros cuadrados)
  • Fotos borrosas que no borras (por si acaso, como las cosas del garaje)
  • Apps que no usas pero "por si acaso" (el "por si acaso" digital es igual de irracional que el físico)
  • Emails sin leer (23,547 y contando, cada uno es una cosa pendiente digital)
  • Pestañas del navegador abiertas desde 2019 (son cosas que "luego leo" y "luego" nunca llega)
  • Libros electrónicos comprados y nunca leídos (ocupan espacio en la nube, que es como un trastero pero sin arañas)

Estas cosas digitales prueban que la humanidad no necesita que las cosas sean tangibles para acumularlas irracionalmente. El instinto cosificador trasciende la materia: si se puede tener, se acumula.

Filosofía de la cosa

Pregunta existencial fundamental

Los filósofos han debatido durante milenios: ¿qué hace que una cosa sea una cosa? Las principales escuelas de pensamiento incluyen:

  • Cosismo Radical: Todo es una cosa, incluyendo las ideas, los sentimientos, los números, este artículo, y la resaca de mañana. Si puedes nombrarlo, es una cosa.
  • Anti-cosismo: Nada es realmente una cosa, solo construcciones mentales. Esta escuela perdió credibilidad cuando su fundador se golpeó el dedo con una cosa y gritó palabrotas muy materiales mientras cojeaba.
  • Cosismo Moderado: Algunas cosas son cosas, otras son constructos, y unas pocas son cosas-constructo híbridas que causan migrañas a los epistemólogos (como los números, que son cosas pero no ocupan espacio, o los sueños, que ocupan espacio mental pero no físico).
  • Cosismo Pragmático: Si funciona como cosa, es cosa. Si no funciona, es basura (pero igual la guardas, porque "total, algún día"). Esta es la filosofía más popular entre la gente con trasteros.

La paradoja del montón de cosas

Si quitas una cosa de un montón de cosas, ¿sigue siendo un montón? ¿En qué momento deja de ser montón? Esta paradoja ha mantenido despiertos a filósofos durante siglos, mientras la gente normal simplemente limpia el montón cuando se vuelve vergonzosamente grande o cuando alguien viene de visita[6].

El ser y la cosa

Martin Heidegger dedicó páginas enteras a preguntarse "¿qué es una cosa?". Después de mucho pensar, concluyó que las cosas son más que objetos, que tienen un "ser" que las hace cosas. Los estudiantes de filosofía, después de leer a Heidegger, suelen concluir que las cosas son cosas y que estudiar filosofía es una cosa muy complicada.

El futuro de las cosas

Los expertos predicen que en el futuro habrá más cosas que nunca. Habrá cosas inteligentes (que te hablan), cosas conectadas (que se hablan entre ellas), cosas que te compran otras cosas, y probablemente cosas que se reproduzcan solas (ya hay impresoras 3D, que son cosas que hacen cosas). El problema no será tener cosas, sino que las cosas tengan cosas y nosotros seamos las cosas de alguien.

Lo único seguro es que, pase lo que pase, siempre habrá una palabra para cuando no sepamos cómo se llama algo: cosa.

Véase también

Referencias

  1. Kant también dijo que "el sexo es una cosa repugnante", lo que explica por qué nunca tuvo cita.
  2. Paradoja conocida como "la cosa en el dedo del idealista".
  3. El negocio creció gracias a cajones que revelaron que tener cosas era gratis pero requería un sacrificio semanal de espacio vital, que se diferencia de tirar cosas por su forma de acaparar, por ser más irracional y generalmente por no requerir justificación más allá de "total, ahí cabe".
  4. El minimalismo alcanzó su máxima contradicción cuando la gente empezó a comprar cajas organizadoras especiales para guardar las pocas cosas que decidieron conservar, y estanterías de diseño para exhibir su ausencia de cosas.
  5. Lingüistas especulan que "cosa" y sus equivalentes fueron probablemente de las primeras palabras inventadas, justo después de "comida", "peligro" y "¡ay!".
  6. Variante moderna: si quitas un archivo de una carpeta con 10,000 archivos sin nombre, ¿alguien lo nota? La respuesta es no, pero el espacio en disco sigue ocupado.