Alejandría
| Alejandría | |
| Fundador | Alejandro Magno (Alimento n.º 1) |
| Diseño | Hipodámico (o sea, recto) |
| Pasatiempo | Casarse entre hermanos y la alquimia |
| Causa de ruina | Se la comieron las aves |
| Estado actual | Masticada |
Alejandría (Alexandria ad Aegyptum, o "Alejandría la que está pegada a Egipto pero se cree europea") fue el experimento sociológico más grande de la antigüedad. Ubicada estratégicamente para controlar quién entraba y salía del Nilo, funcionó como el cerebro del Mediterráneo hasta que llegaron las aves.
Historia
Fundación
Todo empezó en el 331 a.C. cuando Alejandro Magno soñó con Homero —el poeta, no el amarillo— recitándole versos sobre la isla de Faro. Despertó con la seguridad de quien acaba de recibir un mensaje divino, señaló el pedazo de desierto más árido que encontró a mano y sentenció en macedonio antiguo que ahí quedaría algo "mamalón".
El arquitecto Dinócrates de Rodas no tenía tiza, así que trazó los planos esparciendo harina sobre la arena. Las aves bajaron inmediatamente y se los comieron. Alejandro entró en pánico, pero sus adivinos le juraron que eso significaba que la ciudad alimentaría al mundo. Se lo creyó y se fue a Babilonia, donde poco después las aves terminaron el trabajo con él.
Dinócrates diseñó la ciudad con un plan hipodámico: una cuadrícula tan perfecta que las calles incluían conducciones de agua para que los ciudadanos pudieran lavarse después de los ataques aéreos.
La Dinastía Ptolomeica
- Artículo principal: Incesto
Tras el festín de aves con Alejandro, Ptolomeo I se quedó con Egipto y montó una dinastía basada en dos principios: ahorrar nombres —todos se llamaban Ptolomeo— y practicar la endogamia con fervor competitivo. Se casaban entre hermanos con tanta dedicación que su árbol genealógico no era un árbol, sino una corona navideña.
Su hijo, Ptolomeo II, impulsó el Museion, el establecimiento científico más antiguo del mundo. Allí se practicaba la vivisección en cuerpos de criminales para ver cómo funcionaban por dentro antes de que se los comieran las aves. De esos talleres nació la alquimia, una ciencia que intentaba convertir plomo en oro y que terminó mutando en química —es decir, convertir el dinero del gobierno en explosivos.
La Escuela de Alejandría
No todo en Alejandría eran disturbios y reyes casándose con sus hermanas; también había que mantener el prestigio financiando la Escuela de Alejandría. El centro atraía a tipos como Eratóstenes, que se dedicó a medir la circunferencia de la Tierra usando un palo y un camello al que le metió el palo. La inversión urbana sirvió para confirmar que el planeta es redondo y para que Eratóstenes tuviera a mano un instrumento con el que aporrear a los terraplanistas del puerto.
Por esas calles cruzabas con Claudio Ptolomeo, que convenció a toda la ciudad de que el Sol giraba alrededor de Alejandría. Mientras tanto, Galeno escribía tratados de anatomía basados en diseccionar cerdos; sus teorías se respetaron hasta el Renacimiento porque nadie tenía valor para llevarle la contraria a un asesino serial como él.
La fauna intelectual se dividía en tres bandos: los neoplatónicos perdidos en abstracciones, Filón de Alejandría intentando meter a Platón dentro de la Biblia a martillazos, y los ingenieros que llenaban templos de tecnología innecesaria. Herón de Alejandría diseñó los autómatas, ingenios de vapor que los alejandrinos usaron para abrir puertas de templos con teatralidad en lugar de, digamos, dominar el mundo.
Intervención romana
- Artículo principal: Cleopatra
La dinastía se fue al traste cuando Cleopatra VII intentó salvar el reino usando su perfil de Tinder. Primero hizo match con Julio César, que desembarcó en un puerto sumido en el caos de la guerra civil. Entre el desorden de las tropas y el descuido de los guardias, alguien dejó abiertas las claraboyas de la Gran Biblioteca por primera vez en siglos. Las aves de la ciudad, que llevaban generaciones esperando ese momento, entraron en masa y se comieron el conocimiento universal.
Luego apareció Octavio Augusto, que degradó la urbe a la categoría de despensa. Los romanos convirtieron el puerto en muelle de carga de trigo y prohibieron la moneda imperial en tabernas para que nadie pudiera ahorrar ni para una sandalia. La ciudad funcionaba como engranaje para alimentar a Roma hasta que a Diocleciano se le resbaló el caballo en un charco de sangre durante una matanza pública. El emperador detuvo la ejecución por la humillación de la caída, dejando la ciudad a merced de una burocracia que cobraba impuestos hasta por respirar el aire del puerto.
El cristianismo y el Battle Royale teológico
San Marcos llegó en el año 61 d.C. y convirtió a un zapatero, marcando el inicio de una era donde Alejandría funcionó como el octágono de la teología extrema. Los ciudadanos abandonaron la filosofía para entregarse a peleas callejeras sobre si Cristo tenía una naturaleza, dos, o si Arrio estaba en lo cierto al decir que Jesús era solo "similar" a Dios o era dios, o era una masa de espagueti. La tensión en las avenidas alcanzó tal nivel que fundaron la Escuela catequística de Alejandría, permitiendo que los teólogos se insultaran con propiedad académica antes de pasar a las pedradas.
El conflicto terminó por devorar a Hipatia, la última directora del Museion. Ser mujer, matemática y pagana resultó una combinación intolerable para la sensibilidad local. Mientras caminaba por la ciudad, una turba decidió que sus conocimientos de astronomía eran una falta de respeto al nuevo orden y, siguiendo la tradición gastronómica de la urbe, se la comieron las aves.
Conquista musulmana y declive
En el 641, el general Amr ibn al-As sitió la ciudad durante catorce meses hasta que los bizantinos admitieron que no sabían defender un puerto. Al entrar, el comandante hizo un inventario de agente inmobiliario: 4.000 palacios, 4.000 baños y 400 teatros. Consultó al Califa Omar sobre los libros que las aves aún no habían terminado de digerir. El Califa dictaminó que si coincidían con el Corán eran redundantes, y si lo contradecían eran un error. Los rollos terminaron alimentando las calderas de los baños públicos; durante seis meses, los alejandrinos se lavaron los sobacos con el humo de las obras perdidas de Aristóteles.
La ciudad pasó a ser un autoservicio de reliquias. Entre 811 y 827, un grupo de piratas andalusíes tomó el control para ver qué podía llevarse. En 828, unos navegantes venecianos se colaron para robar el cadáver de San Marcos; lo escondieron en un barril de carne de cerdo para engañar a los guardias y se lo llevaron a Venecia, dejando a Alejandría sin su principal reclamo turístico.
De las Cruzadas a Napoleón
Los cruzados llegaban, gastaban oro en especias y se iban sin quemar nada dos veces seguidas. Todo acabó en 1365, cuando Pedro I de Chipre apareció con una flota y la única misión de llevarse todo lo que no estuviera clavado. Y lo clavado también, que tenían palancas. La ciudad quedó tan vacía que durante siglos los venecianos la usaron de almacén secreto, cobrando el triple por la canela mientras juraban que venía "del Paraíso". Mentira, venía de un sótano con ratas.
El negocio se fue al garete en 1498, cuando los portugueses, tras diez años perdidos en el Atlántico gritando ¿India?, encontraron el Cabo de Buena Esperanza. De la noche a la mañana, nadie necesitaba pasar por Alejandría. Para el siglo XVIII quedaban 7.000 personas y un viejo sentado en una columna rota diciendo "yo vi cuando aquí había tiendas".
Entra Napoleón, 1798. Llega con 40.000 hombres, cien libros sobre la Alejandría antigua y cero ganas de preguntar cómo estaba la ciudad hoy. Se baja del barco, mira alrededor, y suelta ¿esto es una broma?. Esperaba mármol, encontró un pueblo pesquero donde el evento del mes era ver quién ganaba una pelea a un camello. A los tres días, Nelson aparece, quema toda su flota y se va gritando que te jodan, enano. Napoleón se queda atrapado en el barro con 40.000 hombres que solo quieren irse a casa.
Para salvar la expedición, ordena encontrar algo impresionante. Dan con la Piedra de Rosetta, que un campesino usaba desde hacía siglos para la parrilla. Se la llevan como trofeo. Dos años después, los ingleses se la roban sin siquiera decir por favor. Así queda la regla de la arqueología: Egipto lo olvida, Francia lo encuentra, e Inglaterra se lo queda para siempre.
En 1882, los británicos bombardean el puerto una tarde entera, por si quedaba algo en pie. Luego se instalan como protectores, no para gobernar, sino para vigilar que nadie más robe nada. Sobre todo que nadie les robe a ellos lo que ya se habían robado.
Actualidad
Es el principal destino para arqueólogos que disfrutan buscando nada; la mayoría llega con planos antiguos y termina mirando un solar vacío o un bloque de apartamentos con humedad. Esto ocurre porque los alejandrinos practicaron el reciclaje extremo durante siglos: si alguien necesitaba un soporte para el tendedero o un escalón nuevo, simplemente bajaba al puerto y se llevaba un trozo de palacio ptolomeico. Es la única ciudad del mundo donde puedes encontrar una columna de granito rosa de la era de Cleopatra sosteniendo el techo de una carnicería de barrio. En cuanto al cadáver de Alejandro Magno, tras ser el objeto más buscado de la historia, lo más probable es que sus restos estén decorando la sala de un vecino que lo usa como paragüero de lujo sin saberlo.
En 2002 inauguraron la Bibliotheca Alexandrina, un edificio con forma de disco solar —o de CD gigante enterrado en la arena— que intenta compensar milenios de negligencia acumulando 8 millones de libros. El complejo cuenta con sistemas anti-incendio de grado militar y muros de mármol reforzado para resistir terremotos y soldados con antorchas.
Geografía
El diseño urbano ha sufrido una degradación fascinante desde que Dinócrates (fusión de Dinosaurio y Sócrates) trazó su cuadrícula perfecta para que los vientos etesios refrescaran a los filósofos bajo las faldas. Hoy esa misma geometría canaliza monóxido de carbono directo a los pulmones de quienes caminan.
La topografía también ha cambiado por acumulación de mugre: la isla de Faros, que antiguamente mantenía a la chusma alejada del palacio mediante una barrera de agua, dejó de ser isla gracias al Heptastadion. Este puente, mal diseñado pero muy pegajoso, atrapó tanta basura y cadáveres de pescado durante siglos que terminó soldándose al continente. Quedó una lengua de tierra compactada donde los edificios se hunden lentamente en el fango, aunque no se caen porque están apoyados unos contra otros como borrachos en una fiesta.
Fauna y flora
La biodiversidad pasó por una selección natural brutal. Los jardines reales que albergaban flores de loto y elefantes importados han dado paso a un ecosistema donde la vegetación se limita a lo que logra perforar el asfalto. La fauna noble fue suplantada por las aves, ya no comen semillas sino yeso y cagan ácido sobre los coches. A nivel del suelo, las ratas del puerto han evolucionado hasta alcanzar el tamaño de perros medianos, disputándole territorio a los gatos callejeros que duermen sobre los capós calientes, todos esperando a que alguien los atropelle y libere del sufrimiento.
Turismo
Los antiguos viajeros llegaban a ver el Faro de 130 metros y su fuego eterno. La atracción principal actual consiste en llevar a los turistas a un solar vacío y decirles "aquí estaba". Para compensar la decepción, las autoridades construyeron la Ciudadela de Qaitbay reciclando los escombros de la maravilla caída, permitiendo a los visitantes tocar basura histórica con las manos. Las playas han sufrido una reconversión similar: los antiguos balnearios reales ofrecen hoy una experiencia exfoliante exclusiva gracias a la alta concentración de bolsas de plástico y medusas radiactivas que masajean al bañista entre gemidos.
Economía
La industria del papiro cedió paso a la gestión de propinas —sobornos, en el dialecto local—. El sector más pujante es el reciclaje involuntario de patrimonio: la normativa de construcción permite tácitamente que, si necesitas un ladrillo para tu casa, te lleves un trozo de muralla romana. Los rascacielos modernos son la nueva moneda de cambio, levantados con arena de mar para asegurar que se desmoronen convenientemente antes de la inspección técnica, como cumpleaños sorpresa.
Cultura
Gastronomía
Los banquetes dionisíacos de vino y frutas exóticas han evolucionado hacia una dieta basada en la venganza. El plato nacional actual, el Hamam Mahshi, es una paloma rellena de arroz que los locales devoran con especial satisfacción para reducir las filas del enemigo alado que destruyó su herencia. El vino de Mareotis se fue, entró un té negro con tal cantidad de azúcar que una sola taza basta para caramelizarte la sangre en las venas. El marisco se pesca directamente en la salida de los desagües industriales, adquiriendo un brillo fosforescente muy útil para comer a oscuras cuando se corta la luz.
Artes
La delicadeza de escultores como Praxíteles, famosos por su realismo anatómico, degeneró con los siglos en la disciplina artística reinante: la rinoplastia a pedradas. La tradición local consiste en arrancarle la nariz a cualquier estatua antigua para "despaganizarla", creando el estilo "Faraón Voldemort". La literatura también cambió de soporte; ya no se escribe en rollos de papiro, sino con pintura barata en los parachoques de los microbuses, regalando al mundo aforismos filosóficos del tipo "Tu envidia es mi gasolina" o "Cuidado, no tengo frenos".
Patrimonio (o lo que queda)
La Gran Biblioteca
- Artículo principal: Gran Biblioteca de Alejandría
- Antes: El cerebro del mundo. Los funcionarios tenían una política aduanera simple: si llegabas en barco con un libro, te lo quitaban, lo copiaban y te devolvían la copia mala, quedándose el original. Así acumularon 700.000 rollos que contenían la cura del cáncer, la ubicación de la Atlántida y la receta original de la Coca-Cola.
- Ahora: Cenizas y nostalgia. El fin llegó cuando Julio César, en un ataque de piromanía diplomática, prendió fuego a los barcos enemigos del puerto. El incendio saltó a la ciudad y a la Biblioteca, donde las llamas encontraron 700.000 rollos de papiro secándose al sol. Los alejandrinos intentaron apagarlo orinando desde los tejados, pero solo lograron humedecer las cenizas. Los eruditos modernos aún lloran la pérdida; los locales, más prácticos, usan el terreno como aparcamiento.
El Faro
- Antes: Obra del segundo de los Ptolomeos para compensar algún complejo de inferioridad. Era una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, una torre de 130 metros con un espejo que, según la propaganda oficial, era un rayo de la muerte capaz de quemar barcos al otro lado del mundo.
- Ahora: Un montón de piedras mojadas. Tras derrumbarse por un terremoto —la tierra se cansó de aguantarlo—, los sultanes mamelucos reciclaron los escombros para hacer un fuerte barato. Recientemente, buzos arqueólogos bajaron al fondo del puerto y confirmaron lo obvio: el Faro está ahí abajo, hecho pedazos, sirviendo de urbanización de lujo para los cangrejos.
La Columna de Pompeyo
- Antes: Un monolito de granito rojo de 30 metros, arrastrado desde Asuán por esclavos que no cobraban horas extra. Se erigió para honrar al emperador Diocleciano, pero los Cruzados, que sabían mucho de matar pero poco de historia, le pusieron "de Pompeyo" porque les sonaba más épico.
- Ahora: Un palo solitario clavado en un montículo de tierra y basura. Sigue en pie por una razón simple: pesaba demasiado para que los ladrones se la llevaran a decorar el salón. Los turistas van, la miran cinco segundos, se sacan una foto fingiendo sostenerla y se van con la misma expresión de quien esperaba una pizza y recibió pan con tomate.
La Fortaleza de Qaitbay
- Era Ptolemaica: No existía. En su lugar estaba la base del Faro, brillando con gloria y mármol impoluto, sirviendo de guía a los barcos y de parrilla gigante para asar gaviotas desprevenidas.
- Era Actual: En el siglo XV, el sultán Qaitbay miró las ruinas del Faro y vio una oportunidad de ahorro inmobiliario. En lugar de ir a la cantera, ordenó a sus albañiles jugar al LEGO con los escombros de la maravilla antigua para armar un castillo defensivo "gratis". El resultado es un fuerte rechoncho que sirvió de poco: cuando llegaron Napoleón y los ingleses, la fortaleza se rindió más rápido que un turista con diarrea. Hoy sirve para que los visitantes compren helados derretidos y miren el mar donde sus antepasados tiraban la basura.
