Los videojuegos son, aparte de otro intento fallido del ser humano para conseguir dominar el mundo, una herramienta audiovisual de ocio para niños todas las edades, las cuales incluyen, entre otros géneros: Plataformas, Survival Horror, Acción, Simulación (De mascotas, mujeres, destrucción, humanidad), FPS (First Person Shooter), RPGs y otros muchos. Sin embargo, debes tener mucho cuidado con los videojuegos, ya que también sierve como estupefaciente que te puede convertir en un adicto y, por consiguiente, en un niño rata.
Un Mod (abreviatura de modificación, no de moderador, aunque ambos tienen complejo de Dios) es tomar una de esas cosas rándom llamadas videojuego que sus creadores abandonaron más rápido que a sus responsabilidades de adulto y violarlo digitalmente hasta que haga lo que tú quieres. Es el arte de convertir a Sonic en un tanque de guerra, de hacer que los Pokémon griten obscenidades, o de transformar Skyrim en un simulador de citas con Thomas el Tren (o mejor aún, un juego de dragones donde todos sean Thomas). Para un programador es un hobby. Para un jugador es heroína digital. Para el desarrollador original es el recordatorio constante de que su visión artística era una mierda con bugs.
Los mods van desde cambiar un pixel (porque obviamente el color del cielo en Mario 64 te arruinaba la vida) hasta conversiones totales que exigen más espacio que el GTA V con todos sus DLC. Es una industria que mueve cero dólares pero ha salvado más juegos que todas las patch notes oficiales combinadas, mientras los devs se rascan las pelotas en una playa.
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